Doris Muñoz Vallejos. CEDM – Chile.

Doris Muñoz

Campaña #SymbolOfHope

Veo con rabia e impotencia la injusticia cotidiana que afecta a miles y millones de personas que están obligadas a salir a la calle a intentar cobrar miserables subsidios de cesantía y he visto filas interminables de abuelos cobrando una escuálida pensión de vejez. Se muestra entonces, la injusticia de un modelo de sociedad basado en los privilegios de quiénes pueden comprar atención en salud, lo cual debería ser un gran escándalo en países que se llaman cristianos. Pero no, no escandaliza, más bien se naturaliza. Es como estar despertando a una verdadera pesadilla. Más aún en A.L., que recién está comenzando esta crisis y ya se han visto las dramáticas escenas de muertos -como en Ecuador- abandonados en la calle, viviendo la indignidad hasta la muerte

Sin embargo, eso no es todo, como ya se sabe, en las situaciones de catástrofe las personas que viven en situación de vulnerabilidad, muchas veces ven con miedo y rabia que sus derechos cuentan mucho menos. Tal es el caso de las mujeres y las niñas que en esta situación de encierro obligado están sufriendo el aumento de la violencia basadas en género. Esto se sabe, porque ha aumentado en un alto porcentaje la denuncia de Violencia Intrafamiliar (VIF), cifras que no consideran a las que no denuncian. También se puede sospechar que ha aumentado el abuso sexual en contextos de encierro, hacinamiento y abuso de alcohol. Tanto es así que, en la región más austral de Chile, se estaba prohibiendo la venta de alcohol en la tarde/noche para disminuir la VIF.

¿Cómo encontrar esperanza en estos momentos?

Es difícil salir del miedo y la parálisis, especialmente frente a las imágenes con las que los medios nos controlan. Por ello, es necesario que seamos capaces de poner un límite y encontrar una manera de estar informadas, pero no paralizadas.

A nivel personal, he encontrado un poco de paz, esperanza y fortaleza cuando vuelvo a mí, al momento presente, al aquí y ahora de un único día. Descubrí que era insostenible para mi salud mental y mi espíritu, pensar en el final de este encierro. Por ello, me concentro y trato de poner atención en lo que esté haciendo (trabajando en el computador, cocinando, barriendo, en reuniones por zoom, lo que sea) y practico la plena presencia, cuestión que no es fácil, porque suelo sorprenderme en lo que nuestro amigo Marcos Riesen denominaba la “guerra mental”.

Hago oración con el cuerpo, practicando Tai Chi y me hago consciente de mi pertenencia al Todo. Lo valoro desde la cotidianidad de mi casa, el patio, los perros, los arbolitos con su generosa presencia que nutre con sus frutos y embellece con su mecer de hojas y aromas. Aprendo de su presencia la necesidad de fortalecer mis raíces y a la vez ser flexible para adaptarme a este cambio tan grande que nos toca vivir. Medito y me sumo a los momentos de oración y meditación al que han convocado distintos grupos y tradiciones religiosas. Más que nunca he practicado la dimensión ecuménica e interreligiosa de mi espiritualidad. Confío en que, por fin, realmente creamos en que Dios es un Único Misterio y/o Presencia de Lo sagrado que nos convoca en estos días a la oración y la compasión con todos.

También me anima y fortalece mi esperanza darme cuenta de que también están pasando cosas, a veces pequeños gestos, que hacen suponer un despertar a la solidaridad y el mutuo cuidado. Por ejemplo, están volviendo a organizarse ollas comunes para apoyar a la gente que ya no tiene trabajo, acompañamiento a los adultos mayores que están solos, confección de mascarillas para quienes no pueden hacérselas, o las acciones de pequeñas amasanderías en los barrios, (trabajo familiar), que han dejado colgadas bolsas de pan en las rejas para que las personas que necesiten las retiren. Estas acciones están coordinadas mayoritariamente por mujeres que – echando mano a lo poco que tengan- son capaces de sobreponerse a las circunstancias, por adversas que éstas sean, y visualizar salidas en forma colectiva para solidarizar con las personas que más lo necesitan.  Son estas las noticias que hay que viralizar para animarnos mutuamente.

Me anima también, poder colaborar y animar comunidades de fe, que no pueden celebrar un culto Y/o misa, a que se organicen -a través de sus teléfonos celulares- para leer cotidianamente el evangelio como fuente de vida y esperanza y compartirlo por esa red. Y, por cierto, me animo en las reuniones, por cualquier medio virtual, con mis compañeras y compañeros de trabajo. Hay que decir y considerar la importancia de las redes sociales para transmitir mensajes de aliento y dar cuenta de la resistencia frente a un modelo de sociedad que ya no sirve a la humanidad ni a la tierra.

En fin, son pequeños gestos -entre muchos otros- que muestran la solidaridad que aflora y que no todo es negativo. ¿Será esta dimensión la que habrá de fortalecerse para organizar el mundo después de la pandemia?