*Artículo publicado en TACE, Nov 2017 (Taller de análisis de coyuntura evangélico, Comunidad Teológica Evangélica de Chile, CTE)

por Cecilia Castillo Nanjarí

Tradición, Familia y Propiedad son defendidas tenazmente por quienes necesitan seguir legitimando sus intereses y haberes. Tradición, Familia y Propiedad continúa siendo un caballo de Troya que irrumpe en los diversos escenarios y contextos latinoamericanos y caribeños. Tradición, Familia y Propiedad (TFP), grupo que surgiera en São Paulo, Brasil, en los años 60 y se extendiera al sur del continente, ya no son ideas y prácticas exclusivas de los intereses políticos y económicos de algunas pocas familias en Chile, sino que Tradición, Familia y Propiedad entró a Chile y se aposentó vehementemente en los discursos y acciones profesadas por los fundamentalismos y conservadurismos religiosos. Tradición, Familia y Propiedad, se disfrazaron con diversas banderas de luchas hegemónicas a través de sus propios intereses que les llamaron temas valóricos y, aunque nos parezca una paradoja, irrumpieron en el imaginario colectivo del proletariado chileno, de la clase obrera, y trabajadora también. En base al modelo neoliberal que fuera impuesto en las conciencias y cuerpos durante tantos años de oscuridad del régimen militar, primando el modelo exitista, ascendente, de manera rápida, cueste lo que cueste, para estar en el modelito de Tradición, Familia y Propiedad. Y se instaló, para quedarse y habitar definitivamente entre nosotros para siempre y por siempre.

De esa manera, y otros tantos subterfugios utilizados, se instaló… y se instaló para seguir perpetuando en “nombre de Dios” a la sagrada tradición, a la sagrada familia y a la sagrada propiedad. ¡Ay de quien intente reflexionar sobre la justicia de género en un contexto donde muchas sufren femicidios en manos de sociedades misóginas! (Hasta el 20 de octubre de este año, hay registrados 32 femicidios consumados y 90 frustrados en Chile). ¡Ay de quien quiera trabajar proyectos de ley desde las diversidades e inclusividades en un contexto donde jóvenes son muertos en manos de grupos de exterminio en nombre de la moral y de las buenas costumbres! ¡Ay de quien defienda la multiculturalidad de este país y sus territorialidades en un contexto donde mujeres y varones, en ayunos incesantes y huelgas de hambre reclaman por la justicia! ¡Ay de quien ose desenmascararla! ¡Ay de quién lo haga! so pena de ser criminalizada, quien además tendrá las penas del infierno y será demonizada desde los púlpitos religiosos, desde las bancadas congresistas conservadoras, desde los medios de comunicación social, desde el empresariado que aparece en la farándula televisiva y, especialmente, a través del tramitar persistentemente proyectos de ley que atentan ostensiblemente contra la dignidad humana. Porque sí defienden sus intereses propios, de su clase, transformándose en propaganda engañosa para quienes creen ser parte de esa elite identificándose con ellas. “Toda desnudez será castigada” es una interesante obra del brasileño Nelson Rodrigues escrita en el año 1965, cuyo tema principal es la hipocresía de las familias tradicionales. Cualquier semejanza con nuestra sociedad chilena no es casualidad. Como dice el famoso dicho brasileño: ¡solamente cambia de dirección! Es la esquizofrenia en que vivimos en este país, con una doble moral impresionante, con un doble estándar de vida, con un doble status para todo. Hacemos totalmente lo contrario de lo que fervorosamente defendemos en los púlpitos sagrados y en nombre de Dios, en los lobbies políticos y a través de la prensa hegemónica y sexista. Para muestra un botón. La doble cara de una misma moneda La historia oficial que leemos en los libros, nos cuentan que el Te Deum Católico se celebra desde 1811 a petición de José Miguel Carrera, como Acción de Gracias por el gobierno recién instaurado en Chile. Recientemente adquirió un carácter Ecuménico en el año 1970, a petición del presidente electo Salvador Allende, queriendo con esto visibilizar la participación de las iglesias cristianas, además de la católica, como otras confesiones religiosas. Constituyendo de esta manera un hito sin precedentes de un espacio emblemático en Chile, gesto de Acción de Gracias a Dios. Por otro lado, el Te Deum Evangélico, celebrado a partir del año 1975 como un acto de gratitud por el régimen militar, instaurado por sectores protestantes y evangélicos, que ostentaban ser conservadores y leales a la dictadura de Pinochet. Ambos Te Deums nos presentan similitudes en sus acciones de gracias en los acontecimientos de septiembre pasado. Con ropajes diferentes, pero mismos contenidos, no distaron mucho en sus habilidades retóricas para seguir penalizando a las “otras familias” que habitan este Chile. Ambos siguieron penalizando a las mujeres y sus cuerpos. Ambos siguieron penalizando a quienes trabajan por las leyes civiles, defendiendo las dignidades humanas. No obstante, tenemos que ser justas al momento de mensurar y comparar los hechos. Quizás no con la vulgaridad utilizada del interlocutor en cuestión, ni con discursos acalorados y vociferantes que nos ndignaron en la celebración en la Catedral evangélica rayando en lo grosero. De igual manera, en la Catedral católica hubo violencias, no vociferantes, sino que con sutilezas, con parsimonia, con oratoria estudiada y aprendida. Con gestos litúrgicos manifestaban su apoyo y opción al modelo hegemónico en el momento del ofertorio, cuando entraban en escena la sagrada familia, la del padre y madre, felices (obviando el dato duro que el 39,5% de los hogares en Chile hoy están liderados por jefas de hogar, dato que sigue en alza, debido a mujeres que han sido abandonadas por sus compañeros y maridos o que han decidido salir de relaciones violentas). Y seguían desfilando por la alfombra roja familias inmaculadas, varón y mujer, tomadas de la mano con “su parejita” de hijos caminando, más otro bebé en brazos, o una mujer embarazada con su compañero bajo la vista placentera de la curia sacerdotal. Lo simbólico que juega en estos espacios religiosos la figura de la madre embarazada, acompañada de su marido, como queriendo emular una situación que contrasta con la cruda realidad chilena de mujeres jóvenes, adolescentes embarazadas, sin compañero, solas, desamparadas “al momento de los quiubos”. Y los Te Deums, legitimando aún a un único modelo de familia, validada por los poderes políticos, económicos y religiosos de este país, distando tanto de nuestra realidad. Sí, fue el mismo discurso, de manera elegante y clásica en la Catedral católica, que poco o nada se diferenciaba con la postura de su homónima evangélica.

¿Qué decir ante todo esto? ¿Qué nos está pasando como sociedad chilena y con fuerte presencia cristiana aún? Somos una sociedad hipócrita, hacemos mea culpa en los Te Deums mientras las voces de mapuches que denunciaban los más de 100 días de la huelga de hambre de los comuneros en Temuco eran acalladas dentro de la misma Catedral católica por la policía. Nadie dijo nada. ¿No son consideradas tradiciones, familias y propiedades por defender sus dignidades ancestrales? O ¿valen menos? ¿No son vidas también para salvar? Somos una sociedad hipócrita, rasgamos vestiduras condenando los cuerpos de las mujeres, mientras el mercado las comercializa, las trafica y las convierte en mercadería barata para un empresariado que defiende la moralidad. ¿No son vidas y cuerpos para defender y luchar por su dignidad? ¿Qué cuerpos y vidas defendemos las iglesias cristianas hoy? Reflexionemos internamente y accionemos el Evangelio, pero a la manera de Jesús.

Parafraseando a una querida amiga y biblista brasileña, demonizada por los grupos de tradición, familia y propiedad en su país, Nancy Cardoso Pereira ya denunciaba hace casi 20 años atrás, palabras proféticas que recobran frescura y fuerzas para el hoy: “Perder tiempo, perder amigas y amigos, perder la voz y la memoria. Ya nos acostumbramos a vivir tantas pérdidas, que ya no podemos hablar de alguna, casi, ninguna vida. Sobrevivimos. Aprendemos a sobrevivir con la violencia contra las mujeres, aprendemos a aceptar la explotación de la naturaleza y destruimos nuestra casa común. Aprendemos a sobrevivir con el exterminio de las y los jóvenes, el abuso sexual de las niñas y niños. Entre esas y tantas pérdidas, perdemos los criterios de Dios que nos ayudarían a identificar y certificar las alternativas de vida y vida en abundancia”. “Para que no digan que no hablamos de las flores…”

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